La historia de Fordlândia

Henry Ford. Gurú empresarial. Padre de la industria moderna, referente emprendedor, figura importantísima para definir el siglo XX, dios de los negocios, estereotipo de empresario capitalista. Inventor y genio para mucha gente, lo cierto es que era un tipo inteligente y que sabía manejarse en lo suyo. Pero también era un exacerbado antisemita, racista y un fundamentalista religioso. Incluso fue acusado de ser colaboracionista nazi. Fue una figura muy peculiar, un hombre que tuvo un sueño, como Martin Luther King, pero mal. Aunque, más que un sueño, era una ambición: debía aplastar a la competencia. Esta es la historia del intento más ambicioso para alcanzar el monopolio de Ford. La historia de Fordlândia.

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Fordlândia suena a parque temático a las afueras de una ciudad de tamaño medio de Michigan donde zambullirse en ‘Las Cataratas del Mustang’, atracción de nivel medio de emoción, ‘Los Rápidos de Thunderbird’, un divertido recorrido para toda la familia, y ‘La Ciudad de los pequeños Ka’, para los peques de la casa. Nada más lejos de la realidad. Fordlândia fue el paraíso ideado en la mente de Henry Ford, una especie de utopía industrial aunando el estilo de vida americano y la evangelización, con altas dosis de valores tradicionales del medio oeste. Era llevar el Detroit de los años 20 a la selva amazónica.

Y ¿por qué en el Amazonas? Fácil: por el caucho. Ford era, con muchísima diferencia, el mayor fabricante de automóviles del planeta en los años 20. Su fabricación en cadena en la colosal planta en River Rouge producía un trillón de coches al día. Cada uno con sus cuatro ruedas -o cinco- y sus manguitos, tapones y juntas hechas de caucho. Y el caucho se extraía del árbol del caucho, Hevea Brasiliensis, originario de la cuenca amazónica brasileña. El problema vino cuando un señor explorador y botánico inglés, Henry Wickham, se llevó unas cuantas semillas a su casa. Sabía lo que hacía, vamos, así que al poco tiempo aparecieron inmensas plantaciones de caucho por toda Asia hundiendo la industria brasileña, controladas por aquellos que controlaban Asia a principios del siglo XX: franceses, ingleses y holandeses. ‘Malditos Europeos extranjeros’ pensaría nuestro amigo Henry que no profesaba simpatía por Churchill, del que recelaba por, según Ford, querer crear un ‘cártel’ del caucho.

Así que sí, el señor Ford estaba enfadado, y cansado de tener que rendir cuentas a esos sucios europeos de los que tan orgullosamente se habían independizado los gloriosos Estados Unidos 150 años antes. Decidió montar su propia plantación de caucho comprando una vasta extensión en la provincia brasileña de Pará, a orillas del Río Tapajós, en el norte del país, en pleno corazón del Amazonas. Por una cantidad ridícula de dinero adquirió una región sólo accesible por vía fluvial en la que crear una suerte de utopía americana y así enseñar a esos pobres indígenas subdesarrollados lo que era la civilización y de paso controlar, o al menos influir favorablemente, en el mercado mundial de caucho y autoabastecerse. Fordlândia se inauguró oficialmente en 1928.

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Si se piensa fríamente, no parece muy buena idea. Primero por logística: un enclave sólo accesible por vía fluvial para abastecer la demanda de caucho de toda la producción de la empresa que más automóviles producía del mundo, en un entorno absolutamente desconocido y hostil. Pero aquí entra la arrogancia occidental y la ambición de nuestro amigo Henry Ford.

Ford tenía una visión, tenía que ayudar a esas gentes tan desdichadas y guiarlas por el camino de la rectitud y el progreso. Había que llevar el paraíso americano a esas tierras impías. Para ello diseñó una ciudad entera, contrató a los arquitectos más reputados de Detroit e hizo realidad su utopía. Y le puso su nombre, claro, Fordlândia. Como si Jesús Gil hubiera llamado Gil-landia a Marbella.

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Ford tenía un férreo sistema de valores. Como él nació en una granja y se crió y creció en ella, pensaba que era la forma adecuada de criarse de cualquier ser humano. Cristiano fundamentalista, pensaba que el camino recto era el cristianismo, la castidad y la abstinencia. Creía que Dios era americano. Así que aplicó todos estos dogmas en su ciudad en el Amazonas. Diseñó barrios perfectamente estructurados para directivos americanos y para obreros nativos. Todos según el estilo americano, casas unifamiliares (hechas en Michigan y transportadas hasta Brasil), con su porche y su tejado a dos aguas, como en las películas. Mansiones un poco más grandes para los peces gordos. Una iglesia, faltaría más. Escuelas gratuitas, sala de baile, cine, centro de ocio, piscina, campo de golf (!), depósito de agua con canalización de agua corriente para toda la ciudad, y la guinda del pastel, un hospital de vanguardia para los estándares del primer mundo, todo ello a costa de la compañía. Sonaba bien, ¿verdad? Ford tenía la idea de que había que tener contento al trabajador puesto que también sería el primer cliente de la compañía. Apuesto a que muchos americanos querrían tener estas ventajas hoy día.

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Faltaba lo más importante: la fábrica de caucho. Máquinas de manufactura americana fueron importadas. No se iba a trabajar con cacharros extranjeros, todo último modelo, todo lo mejor. No se estaba reparando en gastos. Pero entonces, se cometió el primer error, de tamaño descomunal. Nadie tenía ni idea de cultivar caucho. La idea empezaba a hacer aguas.

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El principal problema del árbol del caucho es que en su ecosistema crece aislado, a la orilla de los ríos -de ahí el enclave a orillas del río Tapajós- así que es posible que haya un árbol alejado a cientos de metros del siguiente. La razón por la que esto ocurre es que es una forma de protección de la propia especie ante enfermedades, hongos y cosas malas y feas. Si se espacian los árboles, más posibilidades hay de que haya ejemplares sanos, menos probabilidad de que se propaguen enfermedades. Lo que estamos viviendo ahora con la cuarentena todos. Por supuesto, la estrategia en Fordlândia fue cultivar todos los árboles lo más próximos posibles unos a otros, incluso más de lo recomendable para una plantación. Es decir, copió el modelo asiático y lo llevó al límite. La diferencia es que en Asia no existen los ‘depredadores’ al ser especie invasora y allí sí funcionaba el modelo. Pero en Brasil esto fue un desastre monumental.

Malas cosechas, ligadas a enfermedades y hongos y a una mala elección de simientes, caucho de mala calidad y un volumen de producción ridículo, muy lejos, a años luz de las predicciones, hacía que el proyecto de Fordlândia, la utopía de Henry Ford, se tambalease.

Simplemente por este error, Fordlândia estaría condenada. Habría caído por su propio peso, pero bueno, siempre podría haberse subsanado inyectando más dinero. Haciendo un estudio serio de cómo hacer una plantación como dios manda -de hecho la de Fordlândia no era la única plantación de Ford en Brasil, había otras con resultados aceptables- se podría haber modernizado con el paso del tiempo, pero este no fue el único error de Ford. Al final el fracaso vino precipitado por el despotismo de su creador.

Venimos repitiendo lo peculiar que era el personaje de Henry Ford. Aplicando el mantra de ‘En mi casa, mis normas’ dictó una serie de postulados que debían seguirse a rajatabla entre los habitantes de Fordlândia y que es lo que acabó por poner los clavos en el ataúd del proyecto. En definitiva, la utopía de Ford no sólo debía seguir unos prefectos arquitectónicos, también debía seguir unas directrices claras en cuanto al estilo de vida de sus habitantes. Se creó un escuadrón sanitario que mantenía el pueblo libre de animales y de charcos que pudieran transmitir la malaria, lo cual mejoró la calidad de vida, quizá fue lo único que funcionó. Se creó una red de carreteras para que los habitantes de Fordlândia condujeran sus preciosos y nuevos Ford que les vendería la propia compañía. Lo que pasó al final fue que la gente se movía en las más ágiles y económicas motocicletas en un sitio donde conseguir gasolina era complicado.

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Tampoco ayudó nada el régimen abstemio al que Ford sometió a sus trabajadores. Ford les decía lo que debían comer y beber. Les impuso una dieta estricta a base de avena y cereales, obligatorio comer en el comedor comunitario, nada de alcohol y nada de sexo ni prostitución. El control era tal que en la sala de baile Ford dictaba qué música debía sonar -música Country, por supuesto, ¿qué os pensábais? y qué bailes debían hacerse. Incluso había normas de vestimenta, todo el mundo debería llevar zapato cerrado y pantalones, había que vestir con decoro en un entorno donde lo óptimo es prácticamente ir descalzo o con sandalias por el calor y la humedad.

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Esto, evidentemente, no sentó nada bien a los trabajadores, que veían como venían unos extranjeros a decir cómo debían vestir, qué debían comer y qué música debían escuchar. Por si fuera poco, vieron como sus condiciones de trabajo eran penosas. Se instauró la jornada americana de ocho horas laborables al día, horario intensivo matutino, claro. Había que seguir los postulados norteamericanos, era la forma adecuada de vivir. Quizá este horario sea el adecuado en Michigan, con su clima continental, seco, frío en invierno, suave en verano. En medio del Amazonas las condiciones eran diametralmente opuestas. La humedad y el calor en medio de la selva se hacían insoportables en las horas centrales del día, por lo que la jornada laboral óptima era antes del amanecer y al anochecer. Cosa que, naturalmente, Henry Ford no tuvo en cuenta porque él sabía más.

Así que todo esto trajo huelgas, malestar, y escapadas a la cercana ‘Isla de la inocencia’, un enclave cercano donde los trabajadores podían correrse sus juergas de alcohol y prostitución al margen de los jerifaltes americanos, los cuales tampoco lo estaban pasando nada bien. Descendientes de los trabajadores que nacieron en la propia Fordlândia comentan que sus padres no eran trabajadores, sino perros, les despojaron de toda libertad para vivir según los prefectos de la compañía. Particularmente grave fue una revuelta en la que los trabajadores destrozaron los relojes de fichar en las fábricas en 1930, dos años después de su apertura, con la gente tomando las calles al grito de ‘Brasil para los brasileños’. La cosa acabó con los americanos huyendo de la ciudad y pidiendo al ejército americano una intervención militar. Americanos que tampoco entendieron el entorno y el lugar al que les había mandado su amado jefe. Incapaces de adaptarse al clima, muchos sufrieron ataques nerviosos, incluso uno de ellos murió ahogado en el río durante una tormenta, al parecer presa del pánico.

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Fordlândia estaba sentenciada prácticamente desde su fundación, pero aún así se las apañó para aguantar durante 17 años. La puntilla llegó durante la Segunda Guerra Mundial, época durante la cual, por cierto, Fordlândia sirvió como alojamiento para tropas americanas. Por aquel entonces se fue instaurando más y más el uso del caucho sintético, de mayor calidad y más duradero que el natural. Además de todos los problemas, Fordlândia estaba absolutamente obsoleto, así que la compañía decidió quitarse el problema de encima vendiendo el terreno y las instalaciones al gobierno brasileño por el ridículo precio de 250.000 dólares. Había que huir de ahí. En 1945 Ford hizo las maletas y se fue para no volver jamás. Se dice que las pérdidas generadas en este proyecto al cambio actual ascienden a 200 millones de dólares.

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Actualmente, unas dos mil personas viven en las ruinas de lo que fue Fordlândia. El moderno hospital fue engullido por la selva y los bungalows americanos siguen habitados en gran número, e incluso viven familiares de los antiguos trabajadores. Es un lugar surgido de una película postapocalíptica en medio de la selva amazónica. Debe ser fascinante, incluso hay un pequeño hotel para turistas, si queréis visitarlo.

Así murió el gran proyecto de Henry Ford. Nació torcido y fue imposible de enderezar, entre otras cosas, por lo dogmático de Ford y su pensamiento. El propio Henry, por cierto, nunca llegó a pisar la obra cumbre de su vida porque temía las enfermedades tropicales. Creo que esto es muy sintomático. Fue la primera vez que se vió que la deslocalización de las empresas no tenía por qué ser buena idea. Y ahí seguirá, para siempre, el viejo depósito de agua con el logo de Ford, en un sitio absurdo, en medio de la selva, testigo de una historia extrañísima, posiblemente la peor idea que haya tenido jamás un empresario del tamaño de Henry Ford.

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