Hay quien dice que estoy loco por hacerme seiscientos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para ver un evento de clásicos. No voy a negarlo, los clásicos de competición me pueden. Especialmente si se trata de un evento que acoge prácticamente todas las épocas de los sports cars y prototipos de la resistencia y de las 24 horas de Le Mans.

Pero en esta ocasión no se trata de clásicos. Peter Auto inició, en el primer evento de su temporada, una nueva copa dedicada a los GT y prototipos inmediatamente posteriores a la era del Grupo C, incluyendo también todos los de este nuevo milenio.

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De entre todos ellos, destacó el pintado en el famoso British Racing Green. Perteneció a un fabricante británico que ganó hasta cinco ediciones de las 24 horas de Le Mans entre 1924 y 1930, convirtiéndose en el primer fabricante en dominar la prueba. Tras aquellas victorias fue absorbido por Rolls Royce y sus planes deportivos quedaron suspendidos, hasta que en 1998 ambas empresas fueron absorbidas por el grupo VAG.

Hablo de Bentley y, en concreto, del modelo Speed 8 que marcó el regreso a Le Mans tras 68 años de ausencia. Desde su compra, los alemanes idearon un nuevo plan para hacer ambas marcas rentables. Aprovechando su legado histórico y deportivo, pronto quedó marcado un nuevo objetivo en el que Bentley debía hacerse con el triunfo de Le Mans.

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El V8 biturbo de 4.0 litros de cilindrada es una de sus grandes joyas, aunque destacaba sobre el resto de coches clásicos por su alta tecnología. Constantemente conectado a un ordenador, constantemente enviando datos de sus muchos sensores a la centralita.

Si alguna vez habéis estado cerca de un prototipo de techo cerrado sabréis lo que se siente al estar a su lado. Parece mentira que pueda ser tan bajo, tan ancho y tan largo. La posición del piloto es igual a la de un monoplaza, pero gracias a esto se consigue esa típica aerodinámica y un bajísimo centro de gravedad que permite tomar las curvas plano, sin inmutarse.

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Viendo el ritmo que Shaun Lynn marcó en el Espíritu de Montjuïc, no es de extrañar que al final acabase venciendo en Le Mans. Hubo mucho esfuerzo y fueron tres años de largo desarrollo, hasta que finalmente en 2003 consiguieron la victoria sobre los Audi R8 privados.

Pese a que la lluvia hizo aparición en la jornada clasificatoria del viernes y no salió a marcar tiempo, Lynn se bastó de la potencia del V8 y de su gran agarre mecánico y aerodinámico para ganar en la primera de las dos carreras que se disputaron. El domingo, con una tormenta que nos pilló a todos de improvisto, decidió no competir y no dañar, posiblemente, uno de los pocos chasis construidos del Bentley Speed 8.

Pese a todo, fue una gran celebración a los cien años de historia de Bentley.

Historia y fotografías por David López.

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